SECRETO PROFESIONAL
La mujer no paró de gritar en cuatro largas horas, parecía que iba a reventar ahí mismo. La puerta del quirófano se abrió y la doctora me hizo señas para que entrase.
Apenas logré entrar cuando ví a dos enfermeras frotándose la cara y las manos efusivamente junto a la mujer que acababa de parir, vencida sobre la cama y envuelta en su propia sangre. De repente la doctora se interpuso en mi vista y me entregó algo envuelto en una manta del Hospital diciéndome nerviosa que lo bajara rápido a la sala de reuniones del departamento.
Desde el primer momento supe que lo que me había entregado era un recién nacido que había fallecido durante el parto, sin embargo este no era de ninguna manera el protocolo a seguir en estos casos, ¡yo sólo soy un celador del Hospital!
No me pude reprimir las ganas de entrar en una de las consultas que a esas horas estaban vacías para averiguar qué era lo que realmente me había entregado.
Cuando abrí las sábanas enseguida me arrepentí de haberlo hecho; era un bebé muerto, si, pero con el cráneo completamente deformado y las órbitas de los ojos terriblemente pronunciadas. Sentí lástima por la criatura pero a la misma vez un profundo asco por el hedor que despedía, supuraba aún muerto una especie de grasa transparente que se hacía insoportable respirar.
Lo envolví de nuevo y casi corriendo lo bajé hasta la sala de reuniones. Al abrir la puerta me recibió el mismísimo director del Hospital y tres doctores más que efusivamente me arrebataron la criatura y la posaron sobre el escritorio mientras se asombraban por la deformación que presentaba.
Tras unas preguntas a modo de interrogatorio me dijeron que ya podía marcharme, y sin pensármelo demasiado abandoné la sala.
Al cerrar la puerta escuché claramente como uno de los doctores exclamó:
- ¡Hay comida!